Nunca más.

Aquella noche llovía como si el cielo llorara enfurecido por nuestra partida. Dejábamos Viena a nuestras espaldas y con el maletero cargado de maletas y recuerdos decíamos adiós a nuestras vacaciones.

La lluvia fue cómplice de la madrugada para que la nostalgia se apoderara de nosotros.

La música que sonaba de fondo no fue suficiente para espantar al sueño que nos acechaba y cuando sólo faltaba una hora para llegar a Budapest, Fran tuvo que desviar el coche hacia la estación de servicio que nos salvó la vida.

Cuando aprobé el carnet de conducir, el pánico a la conducción se apoderó de mí hasta tal punto que tardé nueve años en superarlo. Por ello, no me reconocí cuando en aquella estación de servicio me ofrecí la primera para llevar el coche durante el trayecto restante hasta el aeropuerto de la capital húngara. Supongo que fue otra especie de pánico el que me envalentonó aquella madrugada.

A pesar de mi ofrecimiento, Joaquín ocupó el asiento del conductor y yo me pasé la hora restante parloteando hasta quedarme seca para distraerlo del sueño. Llegamos al aeropuerto y sólo nos faltó besar el suelo al bajarnos del coche.

La terminal desde la que embarcábamos estaba abarrotada de personas de todas las nacionalidades y por los pasillos del aeropuerto sacos de dormir ocupados por los valientes que como nosotros, habían escogido la noche para dejar el país.

Eran las cinco de la mañana cuando facturamos el equipaje. Las dos horas que restaban hasta que nuestro avión despegara fueron las más largas de mi vida. Espe y yo volvimos a caer en nuestro vicio favorito, el café, aunque no había cafeína en el mundo que pudiera con nuestro cansancio. Ocupamos cuatro asientos justo en frente de una tienda de souvenirs y caímos en la cuenta de que aún nos sobraban algunos florines que perderían utilidad en España por lo que los gastamos en aquella tienda.

A las siete menos diez de la mañana cuando ya el sol brillaba con fuerza en Budapest, nosotros esperábamos en la cola para subir al avión. Nos miramos a pesar del peso de nuestros párpados y con un hilo de voz nos prometimos: nunca más viajar de madrugada.

Siempre que voy a coger algo del frigorífico de casa veo aquel souvenir cuya misión es recordarme siempre la promesa que cuatro amigos se hicieron aquel amanecer de agosto.

Para recordar lo inolvidable…

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